Cuando el juego es lo de menos

Se desata el griterío y ya no esperan ni siquiera a que los partidos terminen. La inmediatez de Internet y la voracidad de las redes sociales devorando contenidos que son absurdos en su mayoría no necesitan mucho más que un par de repeticiones de la jugada polémica en televisión para abrir la jaula a la bestia y que ésta empiece a devorarlo todo a su paso. Aniquilando todo rastro del mejor espectáculo del mundo. Como La Nada destruyendo Fantasía en ‘La Historia Interminable‘. Nada resiste al ruido cruzado que genera una buena polémica arbitral. Ni siquiera el mejor fútbol del planeta.
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Mientras Twitter está afanosamente ocupado en debatir sobre los arbitrajes de Real Madrid y FC Barcelona en el mundo seguían ocurriendo cosas. El Atleti salía vivo de Leicester y se clasificaba para semifinales de la Liga de Campeones por tercera vez en las cuatro últimas temporadas. Xabi Alonso y Philipp Lahm se despedían para siempre de la más grande competición internacional de clubes. Manuel Neuer, heroico, jugaba un partido de 120 minutos a un nivel estratosférico y minutos después del mismo sabíamos que lo había hecho lesionado y que no volvería a vestirse de corto en la presente campaña. Asensio se doctoraba con un golazo al Bayern y una actuación de bandera en el mejor escenario posible. Cristiano, reinventado y mucho más nueve que nunca, redondeaba una eliminatoria cercana a la perfección en cuanto a su actuación personal. Pero ninguna de esas cosas, absolutamente reseñables todas ellas, parecía merecer ni la mitad de esfuerzo, dedicación, espacio y atención que la absurda guerra declarada por ver y dilucidar a favor de quién se equivocan más. Y hacerlo, además, a gritos.
Se ha desnaturalizado tanto el error arbitral que cuando se adopta una decisión equivocada en contra de quien no está habituado a sufrir decisiones injustas o erróneas, surgen de golpe todas las teorías conspiranoicas. Y a la inversa, porque la matraca es estrictamente bidireccional y además carente de memoria. Tanto, que bien harían algunos en imitar a Leonard Shelby y tatuarse sobre su propio cuerpo la interminable retahíla de desbarajustes arbitrales vividos. Ahora que parece por fin haberse superado aquel cansino debate estilístico ceñido a si era mejor tener el balón y elaborar la jugada o aguardar al contraataque, la diatriba sobre las actuaciones arbitrales en afectación de los dos colosos parece haber cobrado una nueva dimensión. Ya no basta con medir fuerzas deportivas sobre el césped, ahora hay que hacerlo considerando además el hándicap arbitral, conjugando la inopia o el desacierto de los jueces y cuantificándolo para despreciar y desprestigiar el rendimiento deportivo en un pulso tan colosal como el de anoche en Chamartín.
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No me gusta el postanálisis enfermizo cuando se impone a lo meramente futbolístico. No me gusta que la polémica devore al juego y a la multitud de lecturas que ofrece un partidazo de esos que marcas en rojo cuando planificas tu temporada en los meses de verano. Es como esos entrecots a la pimienta, en el que el sabor a la salsa de nata y pimienta acaba con el gusto de la carne. Y parece que a muchos les gusta que sea así. Quizá es que lo que les gusta no es el fútbol. Tal vez el problema radique en que lo que les gusta y lo que buscan en el rectángulo verde es otra cosa bien distinta a lo que los demás hemos venido a ver.